martes, 31 de julio de 2007

Chile: La corrupción llega para quedarse

Por Juan Verdejo, un buen amigo del país.
El tuberculoso por no reconocer su condición de enfermo, no deja de ser tuberculoso. Es lo que está sucediendo en Chile. Negamos en todas las esferas que la corrupción esta llegando a nuestro país y esa negación, ese no querer ver, nos convierte en permisivos y nos impide combatirla abiertamente.

La corrupción es una droga originada en la pobreza económica, moral y cultural de un funcionario que descubre que su cuota de poder permite lesionar o favorecer los intereses de terceros por cantidades muy superiores a sus propios ingresos y posibilidades futuras.

Cuando el funcionario descubre que no existe beneficio ni reconocimiento en la probidad y que además esta probidad no soluciona ningún problema e igual lo mantiene en una condición de pobreza, lo estimula a buscar dentro del sistema, su propio negocio en su propio necesitado beneficio. Cuando se descubre que este negocio es rentable, de menor esfuerzo y donde además los socios solidarios con la nueva actividad quedan muy contentos, la corrupción de transforma en algo gigantesco, es más, debe quedar claro que la corrupción no combatida en sus orígenes, jamás se logra extirparla. ¿Que sociedad con índices de corrupción notables hace 30 años atrás logro derrotarla? Ninguno. Cuando la corrupción llega, llega para quedarse.

En Chile la corrupción comienza a manifestarse en forma visible. Los primeros indicios todos los chilenos comenzamos a observarlos en nuestras distintas actividades. El jefe de compras, el informe de tal o de cual, la inspección que no se realiza o que su resultado se condiciona, el amigo que puede sacar el “papel” antes o simplemente perderlo, el que tiene el contacto preciso, la resolución no sale, el cheque o resolución “esta en el escritorio para firma” y pasan los días sin firmarse... Son esto, parte de los síntomas que todos los chilenos comenzamos a vivir. Es como el dolor de cabeza antes de la gripe.

Jamás un funcionario corrupto, jefe o suche, reconoció que en sus dominios existiera corrupción. Bien podemos entender entonces por que nuestra clase dirigente insiste en cerrar los ojos ante la evidencia.